lunes, septiembre 12, 2011

La pipa de TPM




Matar a un ciego con la mirada,
ponte de nubes boca abajo,
el mago sacaba de la chistera un conejo ensangrentado y todos
aplaudían y se daban puñetazos en los dientes,
hasta que alguien dijo, ey, Satán,
¿te gusta la cerveza?
y puso el corazón de una hormiga en tu pasado
como si nada, al principio, olé, pero luego
la gente comenzó a dar saltos, la rubia
de tetas deseadas por los 53 campesinos que a diario
incendiaban troncos en el bosque
y cogieron media cuadrícula de amanecer y de pronto
no hubo nada, salvo Marte que este verano se verá
tan grande –microestados falsos- como la luna, la cuarta, y no más hasta dentro
de setenta años,
envidian tu mano, junto al santo un calendario porno,
y en la hierba dos reinas de hielo montándose
el trío con la botella aún goteante de tequila,
desencajando monedas de la pared, vi a la madre, dijo,
y pidió cinco vasos vacíos, como es, carentes de contenido,
un policía al otro lado, rojo en la ira, pedía el carnet de identidad
al aire, bajo dominio público amenazaba con arresto domiciliario,
que sigan, cinco almas tendidas sobre la mesa camilla, era literal,
trataban de mutar sus formas,
un humo blanco salía, habemus papam
gritaban en la arena más de dos mil niños de cinco años
en astronómica reunión, y los padres aplaudían por las estrellas, emocionados,
y a alguno se le salían los dientes de encima o de debajo,
matarlos, se oyó por el balcón,
y una luz cegadora inundó los corazones,
venía del burdel, al que le estaban cambiando el nombre
que se llame yo también me cago sugería uno que apaleaba
a un perro con el bate de béisbol adquirido en una puja
libre de impuestos milenarios,
un barco se hundía en otro lado del mundo
y los peces ya no sabían qué hacer con él,
podéis creerme, mataron al primer astronauta por compasión,
aunque había algo festivo en ello,
repetición obsesiva de un pasado,
el cura arrodillado pidiendo que le azotaran el culo
por niño malo,
porque todas las palabras fueron pronunciadas una vez por primera vez,
que el viejo motorista se acariciaba la barba, 40 grados a la sombra
viendo pasar yo qué sé qué legión de ranas,
decía, cantando la por fin victoria
y dios nadando en el mar cuando lo esquivamos, al mar,
con dos movimientos de caderas,
joder, joder, repetía,
dos bolas de billar en las manos,
ah, ranchita,
y yo le puse nombre al colibrí. 

Algunas personas nunca se habrían enamorado si no hubieran oído hablar del amor