Con la sutil felicidad indescifrable del mundo que en medio de la oscuridad va revelando polisémico sus trazos cuando unos ojos lo buscan, fue apareciendo aquella especie de arlequín siniestro. Medio rostro pintado de blanco y, afirman, el otro medio –lo cual convocará sin duda al espíritu curioso a la sorpresa- pintado de verde. Capa blanca, atavío (pantalones, accesorios, y acaso también los argumentos) blanco. Con un pié en cada mundo, entre los vivos y los muertos, sobre las tumbas, frente al grupo de muchachos que, sentados a ras de suelo, lo observan, inicia una extraña, frenética danza. A medio camino del refinado ballet y de los ritos ancestrales alrededor del fuego, danza. Danza, y el grupo de muchachos observa con fascinación sus movimientos. La travesura intelectual quiere ver entre las manos adolescentes un bol de palomitas, aunque el recipiente es difuso y el contenido impreciso. Se lo pasan de uno a otro sin distracción, mientras contemplan la fastuosa danza en medio de los mundos. Uno de los muchachos susurra, con cierta ironía: podía haberse pintado una calavera en el rostro. Otro, con mayor agudeza, sugiere que lo interesante hubiese sido la ejecución pictórica de un espejo en el rostro. Sin embargo, la danza prosigue, se vuelve más enigmática, más intensa, y con el silencio crece la expectación y la atención inquebrantables. El asombroso danza, y mientras sucede la danza, los muertos de los años 20 desaparecen. Tras los cuerpos que se intuyen disueltos y las fechas y las letras que en las lápidas van borrándose, continúa la danza, y con ella desaparecen los muertos de los años 30. Después, los de los años 40, los de los años 50, los de los años 60. Ni un solo detalle se quiere invulnerable al ojo, a pesar de la impenetrable noche.
―«Impresionante, profesor –sugiere una voz mientras levanta la cabeza-, lo que puede verse al contemplar un alma al microscopio».
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