Siempre lo había visto en Madrid, pero nunca fuera de ella. De un tiempo a esta parte, lo he ido viendo en todas las ciudades por las que he pasado. Se trata del imponente cartel de Compro oro que se deja querer por todas partes en joyerías, en personas con petos en las calles comerciales, en coches, y hasta en chillonas furgonetas amarillas. Me hace daño a los ojos y al espíritu, esa es la verdad. Igual que la leyenda de los seite durmientes de Efeso encierra tras de sí -oía anoche decir- un resumen perfecto de la teoría de la relatividad de Einstein, se puede decir que esta laureado cartel de Compro oro encierra tras de sí una metáfora perfecta de cómo opera la actual crisis financiera de medio mundo. Inevitable. Tengo que aportar. Pero sólo sé hacerlo desde mi íntimo e intransferible estilo. En este caso, se ha dado de esta manera: para estas navidades me he propuesto fabricar un innumerable arsenal de T, de diferentes formas y tamaños, con las que viajaré metidas en un maletín a la capital. Durante una noche entera me dedicaré a colocarlas. Quiero amanecer viendo la capital del reino (que no se olvide que España es un reino) plagada de carteles en los que ponga: COMPRO TORO. Ante el metal precioso por antonomasia, que sea el símbolo de las fuerzas instintivas por antonomasia.
jueves, diciembre 23, 2010
miércoles, diciembre 15, 2010
Regeneración
Observando pacientemente a las lagartijas durante años descubrió el secreto de la regeneración. Procedió a ponerlo en práctica. Se arrancó una mano. Le salió otra mano. Se arrancó un brazo. Le salió otro brazo. Se arrancó una pierna. Le salió otra pierna. Se arrancó los ojos. Le salieron dos ojos. Se arrancó una oreja. Le salió otra oreja. Se arrancó las vísceras. Le salieron nuevas vísceras. Se arrancó el corazón. Le salió otro corazón. Se arrancó el alma. Le salieron dos alas.
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David Vegue
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23:31
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