Hay hombres que se pierden frente al mar.
Es un don. Igual que la mirada.
Perderse es ver de nuevo el alma de las cosas,
el peso y la bondad del aire,
el vacío, la luz y las distancias vírgenes,
las infinitas posibilidades
que nos ofrece el tiempo.
La raíz de los mapas,
la biodiversidad entre medidas
iguales, lo que hay entre un segundo y otro.
También, igual que para aquel
que se ilumina, la montaña vuelve
a ser montaña, y el río, río.
Cada elemento cuenta como historia completa,
puede ser mano o pié, servir
al que viaja o servir al que acaricia,
nos da el exacto número
de escalones que llevan hasta un sueño.
Recuerdo a Óscar Wilde: para tener amigos
sólo es preciso ser amable. Pero
hay algo miserable en el hombre
que no tiene enemigos.
Lejos de eso que alguien
llamó los hijos en la nieve
el que se pierde tiene en cada sombra
y en el lugar del que procede cada
sombra, sin duda, lo mejor
de una amistad y de una enemistad.
Vuelve a ser vulnerable a los días
e invulnerable, como animal prodigioso, a otros hombres.
La libertad es una forma simple
de lo que aún no conoces.
El número de cosas
vuelve a ser humilde e ilimitado.
Afortunadamente
hay hombres
que se pierden junto al mar.
No sé si la poesía es consciente de esto.
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