jueves, octubre 07, 2010

Paralizar el tiempo

Juan Sebastian divide exactamente el silencio. / Alza columnas firmes desde los tonos. / El rigor no consigue impedir una nube, / una yedra envolvente que desordena los números [...] / Vibraciones, armónicos, aire esclavizado, / física y éxtasis sometidos a la matemática: / con eso el hombre paraliza el tiempo. 


Salve, Hierro. Es cierto que la ceguera es tan variada como la noche. Quiero decir en formas. Hay cegueras de nacimiento y cegueras totales. Pero también hay cegueras parciales o cegueras peculiares. Muchos ciegos aseguran que su ceguera no es la dilatada noche  que muchos imaginan. Algunos conservan ciertas formas o ciertos colores. Borges, por ejemplo, aseguraba conservar el color amarillo, pero por el contrario haber perdido para siempre el rojo. Esa misma peculiaridad le dificultaba el sueño, porque su noche era amarilla, no negra y tuvo que aprender a concentrarse en la luz para dormir en ella, lejos de la oscuridad total. Tras un curioso catarro, curioso en el tiempo y en el espacio, y en la forma he vivido un mes sin tres de los seis sentidos que tenemos. Es decir, con la mitad de los recursos naturales para comunicarme con el mundo. De los seis sentidos perdí tres, uno crucial y dos aleatorios en importancia: el oído, el gusto y el olfato. El primero me procuró una basta incomunicación. Aunque también algunos fenómenos extraños de hermosura. Al dilatarse demasiado en el tiempo, tuve que aprender sobre la marcha mecanismos accesorios que me permitieran compensarlo. Por ejemplo, aprender a identificar palabras leyendo los labios o aprender nuevas posturas corporales para mantener pseudo-conversaciones. La pérdida de los otros dos me pareció baladí, hasta determinadas circunstancias. La del gusto, hasta que bebí un vino sin él. La del olfato, no me procuró mayor disgusto, entre otras cosas, porque vivo crónicamente con un olfato reducido a la mínima expresión.

A veces pienso en cómo sería una persona que, por malformaciones de nacimiento, naciera sin la capacidad de ninguno de nuestros sentidos. Y aún así, viviera. Qué sentido del mundo tan diferente tendría. Pienso en los topos, que no conocen el color, ni la luz. Imagino especies animales fabulosas que carecieran del oído, es decir, que vivieran sin la música, sin el aliento de todas las cosas. De la misma manera, imagino cuántas cosas maravillosas deberemos estar perdiéndonos de este universo por carecer de los sentidos apropiados para percibirlas. Por otro lado, nuestro cerebro, en pleno éxtasis evolutivo, además de mutaciones y otras hierbas con las que intenta perfeccionarnos en nuestra adaptación a la conciencia cósmica y universal, también se ha mostrado fértil en la capacidad de desarrollar nuevos sentidos. Como muestra, nuestro sexto sentido que se sacó de la manga: la palabra.

La pérdida del gusto me acarreó también ciertas ventajas. Puesto que lo mismo me daba comer unos spaguettis a la boloñesa que un pollo al curry, nada me sabía a nada, decidí aprovechar el momento para ingerir todas esas comidas que nunca como y quizá nunca comeré por desagradarme al gusto. En otras palabras, ya que carecía del impedimento natural que me aleja de ellas, permitir a mi cuerpo, a mi estómago, conocerlas al menos una vez, ya que momentáneamente no era necesario utilizar la puerta de entrada habitual por la que no caben. Claro está que no pude probarlas todas. Algunas de ellas también eran detenidas por la vista, que no he perdido. Pero otras pasaron esta aduana secundaria y pude así ingerir platos que nunca antes he ingerido. Sin saber a qué saben, claro, pero me contento con que al menos una vez mi cuerpo haya podido al fin experimentarlas. También la pérdida de olfato me ha procurado gracias. Pude al fin realizar un poema experimental que implicaba tener que moverme entre basura durante un par de horas. Cosa que anteriormente no era capaz de realizar pues el olor nauseabundo de vertederos y deshechos por doquier me obligaba a salir dando arcadas en la mitad de la mitad del tiempo necesario para ejecutarlo. La pérdida de oído fue más difícil de enfrentar. Al principio me congratulé, pues al no escuchar nada, podía aguantar más tiempo conversando con personas con las que de otra forma me fatigo en seguida, colocándome en el consiguiente conflicto o compromiso que resolver. Por otro lado, me permitía desconectar sin ningún esfuerzo de conversaciones que no me interesaban. Tenía excusa. Pero con el paso de los días, fui experimentando la incomunicación, y la ingente dificultad que deben hacer los que oyen poco o mal para intentar mantener activa una de las dos comunicaciones fundamentales que tenemos. Era agotador, cansado física y psicológicamente, y hasta vergonzante. Por constantes malentendidos, y constantes interrupciones requiriendo continuas repeticiones. Sin embargo, esta pérdida me dejó una bondad. Borges decía que conservaba el amarillo. Mi parcial sordera me permitió conservar dos sonidos. Los graves fue uno de ellos. Durante un mes he podido escuchar más nítidamente que nunca las líneas de bajo de cualquier canción, pudiendo al fin concentrarme plenamente en esa parte musical que ni el sonido tal cual es ni el reproductor de windows me permitieron aislarlas nunca para poder escuchar en su plenitud y precisión. Qué maravilla el bajo en la música. La segunda deidad que me regaló esta pérdida auditiva fue el sonido de los pájaros. Los psiquiatras saben que existen tanto las alucinaciones visuales como las auditivas, aunque estas segundas son menos frecuentes. En el ámbito más plausible de percibir es en la entrada al sueño, pues fuera de este ámbito son muy extrañas e incluso indistinguibles. Es en ese momento cuando uno más cerca está de cobrar conciencia de ellas, de percibirlas. Aún en las experiencias sinestésicas de psicatropía son bastante pobres. En mi caso, soy conocedor de las alucinaciones auditivas pues son recurrentes en mis fases de sueños, pero siempre me han resultado desagradables. Sin embargo, con la pérdida auditiva, comencé a experimentar la extraña alucinación auditiva del canto de los pájaros. No oía a mi entorno, pero a medida que prosperaba mi sordera, podía escuchar con mayor nitidez cantos de pájaros. Sin haber pájaros a mi alrededor, claro está. Durante un mes he sido congraciado con el canto de los pájaros, de belleza inaudita. Mi sordera me otorgó el misterioso canto de los pájaros. Oigo pájaros, le decía a un amigo. Y él se reía. Pero era maravilloso.

Poco a poco fui recuperando el gusto e inmediato a él, el olfato. Treinta días y unas horas después, mi sordera ha concluido. Ya puedo escuchar de nuevo la música de las cosas. Mantener las conversaciones como siempre fueron. Recibir y hacer música. Escuchar la delicada hermosura de algunas voces en toda su plenitud. También escuchar el trueno, el error o el estupro, léxico o mental. Pero, concluida mi sordera, también siento más físicamente los versos de José Watanabe

El pelícano, herido, se alejó del mar
y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó
durante algunos días una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
de una danza.
 […]
Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
como si fuera un cuerpo.      
Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar. 

Algunas personas nunca se habrían enamorado si no hubieran oído hablar del amor