En el margen del libro
ocurren los asombros: el primero la luz
que revela los trazos del tiempo innumerable.
Después, y sin fatiga,
las moscas, que se posan tras tocar al viajero
que nadie sabe adónde va. Los ojos
posándose de igual suavidad en los cuerpos
hermosos que en los trazos que aquí un hombre dejó.
Unas motas de polvo que al pasar
de un puñado de hojas dibujan en la luz
una forma ignorada de algún dios
ignorado. Unas sombras que quieren parecerse
a las que dejan unas manos sobre otras manos
(qué igual sea por siempre la materia)
al declinar la tarde. La herencia de los lobos
de manera velada
también descansa aquí, sobre estos márgenes.
El tacto de la historia de aquellos que han amado
y que han sufrido y que han sabido.
Sí, en esta apartada orilla
del drama y la comedia verdaderos
que han fulgido de un corazón a otro,
de un país a otro,
negando las edades y los ríos,
vino y leche y pan solamente,
ocurren las leyendas. Los números se pierden.
Y llega sobre el mar
la suerte del ahorcado y de la cebra.
Y un verso de Ciorán.
En estos márgenes Leonardo inventa
a través del milagro que no cifras
el momento del vuelo y el arte de los siglos.
Son márgenes profetas, son márgenes perfectos:
codifican del cosmos todo aquello que sirve
para contradecir a la moneda.
Sé que en ellos hay restos
de piel, átomos de hombres venerables,
de arena, de veneno, de una hembra solaz
que mira tras la hiedra, la pantalla o la noche.
Enormes carreteras
que unen el infierno con los cielos.
Lo esperado por médicos, lo que ignora la ciencia.
Poco importa que el libro
cuente la historia de los hombres
o dé lugar a la política
más íntima de cada época.
En los incontrolables márgenes
de este manuscrito en vidrio conservado,
fechado y corregido y dado
acaso para el gozo y los misterios
de mil generaciones venideras,
en los monumentales márgenes
de este manuscrito del Don Juan
Tenorio de Zorrilla
que lentamente voy tocando,
que lentamente admiro,
está la iglesia que arde en llamas.
1 silbidos:
Dice Josela Maturana en su nuevo libro Para entrar en la nieve:
Sobre todas las cosas de este mundo
vierte la poesía su bálsamo de hallazgo,
entra en las quemaduras de la nada
y en las cenizas silentes del olvido,
como quien entra en nieve evaporada,
y nos hace oír y mirar que nada somos,
y negarlo,
y resistirlo,
y seguir poniendo la mano completamente abierta
en el certero fuego de la vida.
Y yo digo: también pongo yo la mano en ese "focus" de tu poesía y que me queme, allí me quedo. De la belleza "non fugio".
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