sábado, julio 10, 2010

La memoria de Shakespeare

La memoria es un arte, incluso cuando actúa involuntariamente. En "La memoria de Shakespeare" Borges nos cuenta la historia de un hombre que posee la mismísima memoria de Shakespeare. Primeramente, consideraba esto un don, además de la posibilidad de convertirse en Shakespeare. Error. En cuanto a lo primero, porque la memoria del otro, de Shakespeare, comienza a convertirse en invasiva. A medida que recuerda los hechos del otro, los amores del otro, la gentes del otro, va confundiendo los suyos, y llega a un punto en que empieza a tener dificultad para saber qué rostros pertenecen a su historia y cuáles pertenecen a la del otro. 


En la primera etapa de la aventura sentí la dicha de ser Shakespeare; en la postrera, la opresión y el terror. Al principio las dos memorias no mezclaban sus aguas. Con el tiempo, el gran río de Shakespeare amenazó, y casi anegó, mi modesto caudal. Advertí con temor que estaba olvidando la lengua de mis padres. Ya que la identidad personal se basa en la memoria, temí por mi razón.


Mis amigos venían a visitarme; me asombró que no percibieran que estaba en el infierno. Empecé a no entender las cotidianas cosas que me rodeaban (die alltagliche Umwelt). Cierta mañana me perdí entre grandes formas de hierro, de madera y de cristal. Me aturdieron silbatos y clamores. Tardé un instante, que pudo parecerme infinito, en reconocer las máquinas y los vagones de la estación de Bremen.

En cuanto a lo segundo, el error radica en que posee la memoria de Shakespeare, va averiguando cómo escribió cada una de sus obras, en que se basó, de dónde arrancaban las intuiciones, como se desarrollaba todo lo demás, pero sólo posee eso, su memoria, no su talento. Llegado el punto en que el poseedor de la memoria de Shakespeare comprende que el don se convierte en maldición, decide traspasársela a otro. El traspaso de ese tesoro, o ese infierno, debe seguir un ritual: "el poseedor tiene que ofrecerlo en voz alta y el otro que aceptarlo. El que lo da lo pierde para siempre". Así se lo explica a quien va a ofrecérselo, y le cuenta cómo a su vez él lo recibió mediante el mismo ritual, cuando atendía a un soldado que agonizaba, y en esos últimos instantes de vida le ofrece el don, la memoria de Shakespeare, que él acepta más por conmiseración ante un loco moribundo que por creer un testimonio de semejante chaladez. Después el paulatino descubrimiento de todo lo concerniente a Shakespeare. Otro dato interesante. Realizado el ritual para librarse de la memoria, le apunta a su nuevo destinatario dos matices: "la memoria ya ha entrado en su conciencia, pero hay que descubrirla. Surgirá en los sueños, en la vigilia, al volver las hojas de un libro o al doblar una esquina. A medida que yo vaya olvidando, usted recordará". El segundo matiz es que la memoria no es un libro a disposición del que la tiene, para ver todo lo que quiera, es un azar. Actúa involuntariamente. Se le irán revelando las cosas, pero nadie sabe cuáles, cuándo, ni cómo. 

A nadie le está dado abarcar en un solo instante la plenitud de su pasado. Ni a Shakespeare, que yo sepa, ni a mí, que fui su parcial heredero, nos depararon ese don. La memoria del hombre no es una suma; es un desorden de posibilidades indefinidas. San Agustín, si no me engaño, habla de los palacios y cavernas de la memoria. La segunda metáfora es la más justa. En esas cavernas entré.


Como la nuestra, la memoria de Shakespeare incluía zonas, grandes zonas de sombra rechazadas voluntariamente por él. No sin algún escándalo recordé que Ben Jonson le hacía recitar hexámetros latinos y griegos y que el oído, el incomparable oído de Shakespeare, solía equivocar una cantidad, entre la risotada de los colegas.

Finalmente, el nuevo destinatario, que la recibió con descreencia y luego como un don, pasado un tiempo, comienza a sentir las mismas cosas que los anteriores: que el don es una maldición, que pierde su vida por la del otro, y decide renunciar a la memoria de Shakespeare. Toma la decisión de entregársela a otro. Pero el cambio de destinatario exigía un ritual que debe cumplir para poder realizar el traspaso. Tiene que ofrecerlo en voz alta y el otro que aceptarlo. Así que decide hacerlo de la manera más anónima y cómoda posible para que no sea tenido por loco. Coge el teléfono y comienza a marcar números al azar, ofreciendo la memoria de Shakespeare al desconocido interlocutor, respetando su lugar de origen, el hombre, por lo que desestima a mujeres y niños, hasta dar así con una voz que acepta el ofrecimiento y él comienza a olvidar.

Todas las cosas quieren perseverar en su ser, ha escrito Spinoza. La piedra quiere ser una piedra, el tigre un tigre, yo quería volver a ser Hermann Soergel.


He olvidado la fecha en que decidí liberarme. Di con el método más fácil. En el teléfono marqué números al azar. Voces de niño o de mujer contestaban. Pensé que mi deber era respetarlas. Di al fin con una voz culta de hombre. Le dije:

De este maravilloso cuento borgiano siempre me fascinó, aparte de todo lo demás, ese final. Cómo el mayor tesoro se traspasa de la manera más vulgar y disparatada, con llamadas telefónicas al azar. Siempre traté de imaginarme a aquel hombre, le veía en una cabina de teléfono marcando números al azar, siempre traté de imaginar a aquel hombre y en cómo se sentiría y qué muchas inverosímiles o sorprendentes respuestas recibiría hasta dar con aquel que inocentemente diría al fin: "acepto". Siempre traté de imaginármelo, y una buena tarde biendecido que si quiero salir de dudas, puedo, no tengo más que hacer lo mismo, y así poder estar en la misma situación y ver con mis propios ojos. 

Bajo a una de las pocas cabinas de teléfono que ya puede uno encontrar. Con dinero suelto. Introduzco el metal y marco un número al azar de la provincia de Ávila. Descuelga una señora. Respeto el rito y cuelgo. Repito la operación. Varias llamadas a diferentes números no son atendidas. Otra señora. Respeto. Otra. Al fin descuelga un hombre. Soy directo. 

-Buenas tardes. Le ofrezco la memoria de Shakespeare. Lo que le ofrezco es muy grave. Piénselo bien. 
-¿Eso que es, una enciclopedia?
-No -digo-, es la memoria de Shakespeare, la memoria total del genial escritor.
-¿Pero qué hace?
-Pasará a formar parte de usted, en su cabeza, y poco a poco irá reviviendo la vida del otro y descubriéndola como si la memoria de ese hombre fuese la suya. 
-No, gracias, no quiero cosas raras.

Es un ejemplo de conversación. De las varias conversaciones que tuve hasta que se me acabó lo suelto. Aunque el final del cuento hace que lo parezca, sin duda, la tarea de desprenderse de la memoria de Shakespeare no debió de resultarle nada fácil a aquel hombre. Yo lo he comprobado. Yo aún seguiría con dos memorias. 

Algunas personas nunca se habrían enamorado si no hubieran oído hablar del amor