Todos sabemos que el periodismo nace como un arte noble que la política y la inexplicable pasión que sentimos por saber lo que ocurre bajo las sábanas de otros han deformado y convertido en una profesión, en el mejor de los casos, disparatada o absurda, y por lo común tan sobrante como las inmobiliarias, los bancos, la bolsa, la monarquía, la iglesia y los porteros de discoteca en toda sociedad que quiera avanzar. Con contadas excepciones, casi cualquier media, ya sea escrito, oído o visto, prensa, radio o televisión, no tiene mucho más valor que un gallinero. En programas deportivos, políticos, o de cualquier otra índola gilipollez, tenemos que hacer siempre el mismo esfuerzo que se hace en una discoteca para poder escuchar a alguien, ya no digamos una idea, y las más de las veces se va uno pensando que si no hubiera hecho el esfuerzo, tampoco se hubiese perdido nada. Sin embargo, de cuando en cuando, aparece algún periodista magistral. Por lo general, cuando se da este caso, se da en un periodista que no parece tal. Por algo será. Uno de estos casos me pareció siempre Paco Umbral. Además de magistral lírico cuántico, siempre me supo a periodista sin sombra, porque no había quien le hiciese sombra, o sea. Superior al maestro, Larra, sin duda, en estilo y en todo lo demás, y superior a la propia concepción original del periodismo. No digamos a la actual. La mejor crónica de la actualidad, la política, lo que pasa y no pasa, las artes, las ciencias, y las letras, durante las últimas décadas, ha estado en sus atómicas columnas que bienllamó de placeres y de días. Una vez leí una anécdota suya con Pepe Hierro. Y ya no pude más que recordarla al finalizar la lectura de cualquiera de sus páginas. Fue en una visita del periodista al poeta durante una convalecencia de éste en el hospital. Al parecer, en algún punto de la conversación Pepe Hierro le miró fijamente y le dirigió un sentencioso: por qué no dejas de malgastar tu pluma en política, coño ¡Escribe versos, cabrón! Como hermosa letanía de amén literario, mi memoria siempre repetía esa frase cuando doblaba el periódico y lo dejaba en la mesa con su columna a la vista como una extraña forma de esperanza.
En uno de sus últimos arreones periodísticos Umbral urdió una saga que cada fin de semana iba publicándose por entregas en El Cultural y que llamó Los snobs. Muchos de esos artículos eran más que considerables extraordinarios micro-monumentos a lo extraordinario. En uno de ellos, dedicado al esnobismo del Papa, dice: Wojtyla hizo esnobismo de su ruina humana, de su voz ilegible como un arameo olvidado, de su temblor de manos y su cuerpo desnivelado debajo de tantas capas. El esnobismo de Juan Pablo II estaba en sus viajes imposibles, en hacer de sus plurales enfermedades un espectáculo con el que atraía a fieles e infieles que venían a verle como la superación de los límites humanos más que a escucharlo. Sin duda, más conmovía ver a un hombre convertido en ruina intentando hablar y acariciar el cogote infantil del mundo con su mano leprosa de temblor que cualquiera de las cosas que casi alcanzara a decir con su voz babélica y casi disecada. No hay menos atractivo en esta columna que en cualquiera del centenar con el que va dando verónicas y brindando orejas a Dalí, Bretón, Borges, Nabokov, Aznar, Ortega, Warhol, el esnobismo femenino o a Óscar Wilde. Entre tanto esnobismo y tanto snob, eché en falta estos días de África transfigurada y blues camuflado por bubucelas, un artículo sobre el esnobismo de alguien a quien Umbral no le hubiese negado a buen seguro palabra. Hablo del esnobismo de Maradona. Como Umbral ya no está para decirlo, salgo del banquillo para sustituirlo de buen grado en la ocasión.
Hablar de Maradona es hablar de dos esnobismos, el suyo y el del 10, que son el mismo. Quienes hemos sido futbolistas, activos o pasivos, porque todo espectador tiene algo de futbolista pasivo, igual que todo crítico tiene siempre algo de escritor o artista frustrado, sabemos que el número 10 es un objeto de culto. Y que llevar un 10 a la espalda es ser de alguna forma ya un snob. En el fútbol llevar un 10 a la espalda es lo más parecido que hay a una mujer que lleva un buen escote, pero por atrás. Es imposible no mirarlo. Esto, como todo, se ve mejor en el ejercicio anónimo de las cosas, que suele ser el popular. Cuando dos equipos de desconocidos salen a jugar un partido, al único al que se mira con cierta desconfianza y recelo sin motivo es al 10. No se mira al más alto, al más guapo, o al más fuerte. Se mira como a un animal extraño por cuya extrañeza se le respeta, al 10. La cultura popular ha convertido al 10 en peligro público número uno dentro de un campo de fútbol, y siempre es presunto de todo lo bueno antes de empezar. La mirada siempre delata. El que se cruza con el 10 siempre lo mira de reojo, y lo hace con respeto. La mirada es el libro abierto de los juegos de pasiones. Ese individuo que osa llevar el 10 siempre es mirado bajo el prisma lógico de que, si lleva el 10, por algo será. Y no falta razón, porque cuando un equipo se reparte los dorsales siempre hay algo de ofrenda en los demás compañeros cuando estos permiten a uno de ellos que lleve el 10. En el fútbol la cultura popular ha convertido el 10 en sinónimo de superioridad, de técnica y elegancia, de estética y magia, de heroicidad y belleza. El 10 es en un campo de fútbol lo que la pistola en una trifulca, las gafas en una biblioteca o el escote de una mujer en una discoteca. Es el elemento de autoridad. El que manda porque tiene las condiciones para hacerlo. El arma de doble filo, mortal, de la belleza. Después puede que todo esto no se cumpla, que no sea el mejor, ni el más elegante, ni el sinónimo de magia, talento o belleza. Pero parte con la presunción de culpabilidad, y esto hace esnob a cualquiera que porte en la espalda un 10. Los que alguna vez hemos sido dieces dentro de un campo de fútbol nos sabemos observados antes de hacer nada, y nos gusta que así sea, como buenos snobs. En la elaboración de esta creencia estuvieron implicados muchos hombres talentosos, pero sobre todo dos, los consabidos, Pelé y Maradona, los dieces por excelencia, cuyos nombres despiertan en la mente de las gentes de hoy las mismas sensaciones que antaño despertaban los nombres de Beowulf, Amadís, El Cid, Alejandro Magno o el rey Arturo. En el brasileño la historia quiso reseñar la magia y en el argentino la historia quiso reseñar la perfección estética, sin ser menos mágico, por cierto. Pero lo que en ambos fue un derroche creativo en el brasileño se recondujo a lo políticamente correcto fuera del campo y en el argentino al exceso. Mientras que uno se fotografiaba dando la mano a los hombres de poder de FIFA y de fuera de la FIFA, el otro clamaba contra ellos como un revolucionario, gritando las injusticias del órgano de poder del fútbol y del poder en general hacia el pueblo, fuera del fútbol, más allá del deporte. Mientras uno se convertía en diplomático, el otro lo hacía en reaccionario, y mientras uno callaba adánico ante el trato de usted en medio mundo, el otro no paró de decir siempre bien alto “la puta que lo parió” o “a seguir chupándola” en el otro medio. Sin las botas de tacos, el brasileño siguió siendo el futuro médico de la familia y el argentino el chico de fabela que mamó la ley de la calle. La vida de Maradona va ligada al exceso y hace esnobismo con él además de, como Wojtyla, con su ruina humana. Fuera del campo no es muy diferente de lo que era en el campo, el punto de atención. Si en el campo lo era mediante el exceso de talento, de estética, de maravilla, de genialidad, de magia, fuera del campo lo ha seguido siendo, también por exceso, pero de otras cosas. El 10, el snob, es siempre la prolongación natural de la mirada. Porque su perro le ha mordido el cuello, porque abraza y besa a todos sus jugadores como no hace nadie, porque raja a diestro y siniestro sin dejar títere con cabeza, o porque entra cantando cuando el autobús llega al estadio. Todo ello lo hemos podido ver en menos de un mes. ¿Quién puede negar la maestría esnobista a quien siendo el peor de los entrenadores de cuantos han pasado por este mundial africano ha conseguido ser, de sobra, aquel sobre el que más se ha hablado? Aquí creo justo recordar una frase del periodista Walter García que resumía el caso Maradona, en cuanto a fútbol se refiere, con gran lucidez: “Maradona supo hacer lo que nadie sabía hacer como jugador, pero como entrenador no sabe enseñar cómo lo hacía”. El esnobismo de Maradona le hizo abrazar estos días a sus jugadores más de lo que ellos se abrazaban entre sí. Ser, como siempre, el primero en reír y el primero en llorar, y más alto que el resto. Mientras todos calentaban, ser el que calentaba, aparte, al mejor de hoy, Leonel Messi, bien visible ante público presente y cámaras, como prueba de que sigue siendo el mejor: el número 1, con el número 1. Mientras todos se dan la mano al terminar, el se mantiene abrazado a su hija interminablemente y hace esperar al seleccionador alemán su gesto deportivo más de lo que ningún seleccionador ha hecho esperar nunca a nadie. No diremos ya nada de ser el único hombre –mientras no terminemos de demostrar, que ya va siendo hora, que los otros no eran dioses- de contar con una iglesia oficial a sus espaldas. Haga lo que haga, Maradona siempre excede los límites marcados. Y un snob que en algún punto o algún aspecto no va ligado al exceso, o no es snob, o es un snob raro. Aunque eso quiere ser la divinidad, traspasar los límites marcados por los humanos, da igual que sea en los límites del talento o en los de la educación.
Quienes infravaloran los símbolos ignoran su poder. El debate de Maradona o Pelé es también la dialéctica del poder contra el pueblo, la dialéctica de razas, el blanco contra el negro, igual que entre las cuatro coronas consensuadas por el mundo del fútbol la dialéctica representa a Sudamérica a través de Maradona y Pelé, como el misterio, lo mágico, lo real maravilloso y el realismo mágico -porque también la literatura hace acopio de esta dialéctica-, como esas culturas ancestrales o indígenas, mientras que a Europa la representa como el intelecto, lo racional, el fútbol total de Cruyff, tal si fuera esas culturas clasicistas del Renacimiento o civilizadas de la ilustración y las democracias. El único representante europeo, por cierto, en la dinastía de las hasta ahora cuatro coronas aceptadas, no lleva el 10 a la espalda, por cierto, sino el 14, del que también se podrían decir muchas otras cosas.
En todo caso, recordando un libro llamado Metáforas de la vida cotidiana, hay que decir que también son actos simbólicos, de representación, las metonimias de la vida cotidiana. Así, por ejemplo, la manzana roja que representa el pecado original, lo prohibido, en la cultura cristiana, sobre la que se levantó nuestra laureada cultura occidental, si mal no quiero recordar, por cierto, y que como símbolo se refuerza a través de múltiples metonimias como las del rojo infernal del fuego y su regidor en nuestro imaginario, las del prohibido en el rojo de las señales de tráfico, las de las pecaminosas lucecitas rojas de carretera, o las del carmín de los labios femeninos que nos incitan a un pecado que todos sabemos ya que no es pecado. Por si acaso, aquí dejo otra sucesión de metonimias que refuerzan un símbolo: en nuestro sistema educativo, que pretende ser universalmente obligatorio, se nos implanta en el imaginario la noción del 10, máxima calificación de los exámenes, como equivalencia de la perfección, o de lo más cercano a ello, la excelencia, siendo distintivo de ella, el 10, el mismo que campea por los campos de fútbol como símbolo de magia y talento, jerarquizando la maravilla para los que gustan de este juego, el mismo que dice a un hombre o a una mujer diez, en cualquier aspecto de la vida, en el lenguaje coloquial, el mismo que simula la i latina y la o en el centro de la palabra D10S que en los estadios, además, suele escribirse en color más albiceleste que amarillo, el mismo objeto snob que llevaba el snob que marcó el gol más hermoso de una historia centenaria, o el mismo que los que hablaban latín quisieron representar bajo la forma de una X, esa misma, por cierto, que no hace tanto elegimos para distinguir las películas de cierto género en donde representamos lo único que al común de los mortales nos puede hacer sentir como dioses.
1 silbidos:
Con esto sí que te mereces un 10. Pero cuidado, cualquier periodista podría decirte lo contrario: "por qué no dejas de malgastar tu pluma en poesía, coño ¡Escribe artículos, cabrón!" ;-)
besos
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