A G. L.
Él nunca me lo dijo
pero a juzgar por esos pocos y muchos años
en que él me regalaba su entera biblioteca
y yo le regalaba mi entera biblioteca
-es una forma de decir
que el amor nos mantuvo siempre unidos-
diría que se fue hasta Estados Unidos
para poder leer tranquilo.
Puntualmente en hora incierta
de cuando en cuando y sin aviso
como una metáfora maestra de hermosura
me llegan sus palabras
y yo adivino en ellas las normas del futuro.
Las normas de la casa de la vida.
A un grupo de locos día a día
les enseña lo que otro
grupo de locos quiso
dejar escrito al otro extremo de este mundo.
En sus cartas no faltan
como una bella forma de liturgia
las palabras amor, vino y querido,
significando cada vez algo diferente.
Y así ha mejorado mi teoría
de que con tres palabras puede llegar a describirse
con exactitud todas las cosas que le es dado
poder sentir a un hombre.
Acostumbra a escribirme bajo formas poéticas
al igual que los héroes acostumbran
a vivir bajo formas del amor.
El rap, el adjetivo minuciosa-
mente mágico que convierte
en decible lo indecible,
la metáfora insólita
como un examen de Garcilaso,
como encontrar en una revista de genética
y a color la frase toma Genoma,
la ebriedad, el desnudo
en que seguro muchas
veces me escribe, y la glosa
admirabilis
que en secreto me reta a descubrir
como homenaje puro a los que mucho amamos.
Hoy me ha escrito en égloga,
en querido vino de amor.
Sí. Creo que se fue hasta Estados Unidos
para poder leer tranquilo toda
la poesía de este mundo.
A juzgar por sus cartas
que nunca acaban sin pedirme cuenta
exacta del amor, del lado
del amor en que cada noche duermo a mi cuerpo,
yo diría que ya casi ha terminado.
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